Sobre el Cosmos, Dios y la mente

El cosmos es el Orden universal. Es la suma de los órdenes; nada en él es azaroso. El azar es, precisamente, el nombre que asignamos al resto de los órdenes que nos está vedado comprender. La ley de la causa y el efecto es sólo la ley del Orden a la que tenemos acceso en el actual nivel de conciencia humana. En dicha ley, y por causa de ese nivel de conciencia, es posible experimentar la ilusión de la repetición, fundamento del método científico. En otras palabras, del método que usamos para concebir, producir y delimitar nuestra realidad. La prevalencia del método científico es parte de un sistema de eventos vinculado con nuestro nivel de conciencia general y determinado por el Orden, del cual somos instrumentos y cocreadores al mismo tiempo.

La evolución es un fenómeno universal, y sus leyes están ocultas a la vista de todos. La luz es el ADN del universo. Todo es luz y todo es eterno. Sólo las formas son transitorias. Las formas sirven a la luz como vehículo de aprendizaje y evolución, como el fruto a la semilla, como el cuerpo al alma. La luz es el vehículo de la conciencia, y la conciencia es el Orden, el misterio primario y último del Cosmos. La luz condensada en la Tierra bajo la forma de los elementos y los seres vivos que aquéllos sustentan tiene por objeto aprender, sumar nuevos niveles de evolución a las entidades de conciencia que viajan con la luz y edifican el Universo.

La inteligencia de los seres vivos es el indicador del nivel de conciencia que ha alcanzado la luz que les conforma. En el principio, todo era uno, todo es uno ahora y seguirá siendo uno por siempre jamás en el tiempo eterno, el tiempo sin tiempo. La inteligencia sirve al propósito de mantener la existencia del universo, esto es, de garantizar esa unidad, y es mediante el Orden en todas las dimensiones del cosmos que el universo logra su existencia y su eternidad.

Conforme evoluciona el universo, evoluciona también el Orden, es decir, la conciencia de su luz. Es por ello que la luz debe aprender de cada nuevo sistema que se crea para mantenerlo y hacerlo evolucionar, o para inhabilitarlo y sustituirlo por uno mejor a los fines de la Evolución Eterna, de la Sabiduría Definitiva.

Es probable que algunas masas de luz del universo hayan alcanzado esta sabiduría, esta Conciencia Final, y es probable también que sea esto lo que los humanos conocemos como Dios, esa realidad revelada en el corazón de los seres humanos como el faro hacia esa evolución, hacia esa conciencia definitiva que tales entidades de luz desean, por el amor perfecto que deben haber alcanzado, para todas las entidades de luz del universo.

Todo es uno y cada uno es parte del todo, pero cada entidad de conciencia avanza o se estanca según las condiciones que afecten a la luz que la porta. Así es como coexisten en la Tierra, por ejemplo, la bacteria, el árbol y el ser humano, cada uno en su vehículo de luz, ajustado a los requerimientos de aprendizaje de las entidades de conciencia que les habitan. Todo, por tanto, es portador de inteligencia, productor de pensamiento. Todo piensa, todo tiene conciencia.

Cada ser puede estar habitado por más de una entidad de conciencia. Así, en un aspecto puede poseer un desarrollo notable y en otra uno deficiente, aunque en todos experimentará aprendizaje.

Todos somos cocreados y cocreadores. Cocreados porque nacemos del Orden de la luz condensada del universo y de nuestras entidades de conciencia, que son autónomas y se adaptan a los cuerpos de luz disponibles según el nivel de desarrollo que proyectan alcanzar. Cocreadores porque el Cosmos opera permanente sus leyes en la creación, pero cada entidad de conciencia también participa de esa creación. Pero la capacidad de cocreación depende del propio nivel de conciencia de cada ser. Así, los árboles, desprovistos de cerebro, son cocreadores de la vida terrestre en sus niveles originarios, transformando los fotones de la luz en vida para sí mismos y para otros, pero no pueden evitar que el león devore un niño sobre sus raíces porque no ha alcanzado el nivel de conciencia necesario para intervenir en ese proceso.

El hombre, con su desarrollado cerebro, es portador de entidades de conciencia que han recorrido un largo trecho en el sendero de la evolución. A diferencia del árbol, el hombre puede intervenir en la cacería del león según su sabiduría se lo dicte, pero puede equivocarse. Como todo cuerpo de luz, el hombre —su(s) entidad(es) de conciencia— está en permanente aprendizaje. Entre los humanos se cumple el mismo principio que entre el árbol y el hombre: cada uno aprende (evoluciona) a su ritmo. Así como hay plantas parásitas que viven haciendo daño a otras, del mismo modo ocurre entre los hombres y entre todos los vehículos de luz.

En tanto cocreador, el hombre está dotado de herramientas complejas y poderosas para modificar el entorno inmediato al que pertenece, la Tierra. Destacan sus manos, su corazón y su cerebro. Ignoramos todavía si el hombre u otros portadores de inteligencia avanzada pueden participar en la cocreación de sistemas solares o galaxias, pero ello es conjeturable en un universo en permanente evolución.

La inteligencia humana, por tanto, es una suma de variables somáticas y extrasomáticas capaces de alterar permanentemente el propio cuerpo de luz y los circundantes, mediante medios y procesos asimismo somáticos y extrasomáticos. Así pues, los productos mentales son posibles gracias a procesos que ocurren en el cerebro (forma somática de la luz) y la participación de partículas y ondas (formas extrasomáticas de la luz). Todo cerebro es, pues, un emisor y un receptor de información. El desarrollo cerebral consiste fundamentalmente en la producción de información más evolucionada al mismo tiempo que mayor capacidad para captar mejor información extrasomática. Dicha información extrasomática puede provenir desde el más ínfimo nivel de conciencia hasta el más elevado; el grado de evolución de la información recibida estará determinada por la evolución de la conciencia de quien la recibe. Así pues, un ser humano cuya conciencia haya alcanzado un grado notable de evolución, puede alinear sus pensamientos con los de una roca o con los de otros seres evolucionados dentro o, quizá, fuera de la tierra.

He allí otro hecho sobre la inteligencia: es una red global de partículas y ondas (dos rostros de la misma realidad inabordable) que interviene en la cocreación de nuestra realidad. Todo producto mental recoge y produce ondas y partículas, que se conectan entre sí creando una red como la red de océanos y ríos que crea el agua, como la red de vientos, brisas y huracanes que crea el aire, como la red de materia orgánica e inorgánica que crea la tierra, como la red de radiaciones y partículas subcuánticas que teje el universo. Y así como la red de los elementos modifica constantemente la vida en el planeta, la red de las inteligencias son parte de esa transformación. Y al decir inteligencias están incluidas la de cada ser humano de la tierra y la de cada criatura capaz de producir pensamiento dentro y fuera de la tierra. Esa red de inteligencias, quizá, sea la entidad (o suma de entidades) que los humanos suelen llamar Dios.

En nuestro mundo, la red de inteligencia humana está desbalanceada, desequilibrada. Y gracias al poder intrínseco en su alto nivel de evolución, está haciendo un enorme contrapeso sobre el resto de las inteligencias planetarias. Está generando productos cocreativos que entran en conflicto con el Orden. Y puesto que somos una parte del Orden —la Conciencia Universal— en tanto portadores de inteligencia, de conciencia, poseemos el poder de crear realidades así como de destruirlas. Sólo que como especie, como suma de entidades de conciencia, y a diferencia de las suposiciones adjudicadas a lo que se figura como Dios, aún no poseemos la Sabiduría Final, de la cual se intuye que se desprende el Orden y por la cual se mantiene. Es dable, por tanto, incurrir en equívocos. De hecho, sobre demasiadas cosas, estamos equivocados. De allí que urja cambiar lo que hacemos, lo que pensamos, lo que creamos, antes de que sea demasiado tarde y la tierra, el sistema solar, o la vía láctea, sustituyan nuestra especie —en tanto dispositivo evolucionario, como ha hecho innúmeras veces a lo largos de los eones— por un sistema de adquisición de conciencia más elevado, más apropiado para la Evolución, para el Orden, para la Conciencia Final.