El origen de la noche

Hace un tiempo sin tiempo, cuando solo había noche pero era ignorado por los hombres, los dioses de la Luna llegaron al límite del hastío y acordaron un esparcimiento, cuya ejecución estaría a cargo de los hijos de la tierra. El argumento era sencillo pero eficaz: enviar a Shamash, la serpiente de la luz, a inocularlos con su liberadora ponzoña. Así, uno a uno, los seres de la tierra comenzaron a mirarse realmente como eran, y surgió un caos revelatorio de tal alcance que aniquiló toda suerte de supersticiones, desde la antigua idea de Dios hasta el enamoramiento. Pero fue tanto el desorden —y tanta la diversión de los dioses de la Luna— que los dioses del Sol temieron por la destrucción de la tierra, que no había sido creada para albergar la luz en tal grado de pureza. Enviaron pues a Adán y a Eva, sus más finos administradores del engaño, antídoto que no tardó en anular el veneno de la serpiente a causa de su poder para calmar el dolor de lidiar con las cosas y no con su nombre. Reestablecido el orden y el aburrimiento de los dioses de la Luna, convinieron los dioses del Sol enmascarar la luz durante algunas horas todos los días, a fin de mantener engañados a los hijos de la Tierra y a salvo de creer nuevamente en la peligrosa verdad de los dioses de la sombra y, sobre todo, de sus futuros aburrimientos.