Instrucciones para amaestrar nubes

Lo más recomendable es amaestrar una a la vez, porque será más fácil contener la llovizna o el aguacero en caso de rebeldía o mal genio. Ante todo, debe saber muy bien si se trata de una estrato, una cúmulo, una cirro, una nimbo o una mestiza, pues de ello dependerá la estrategia para amaestrarla: cualquier intento de imponer una alternativa distinta se traducirá en escape de la nube, y en subsiguiente rocío o diluvio según la gravedad de la ofensa.

Las estratos por su delgadez suelen preferir la pintura y el atletismo; las cúmulos, por su voluptuosidad, destacan en el flamenco y el teatro, aunque a menudo se inclinan por las actividades del campo. Una cirro será siempre notable en ejercicios del intelecto, como álgebra o filosofía, mientras que la oscuridad imprecisa y sensible de una nimbo será siempre favorable a la música, a la poesía y al llanto. En caso de mestizas como la niebla, urge conocer su genealogía: del cruce de una cúmulo con una nimbo, por ejemplo, nace una especie muy lujuriosa y sensible, que de hallarse abandonada o insatisfecha se anclará con facilidad en cualquier vicio; lo más frecuente es que, dormida sobre los árboles y las casas, termine siendo evaporada por culpa de su natural tendencia a emborracharse.

Ya amaestrada, podrá llevarla consigo sobre esmeralda o lapislázuli en cualquiera de los anulares, de preferencia el izquierdo, o colgarla, en la pared más solemne que consiga, empotrada en cristal y cañuelas. De mostrar apatía, desazón o despecho, pruebe invitarla a comer caracoles con chardonnay junto al Sena, a traficar kiwis y canguros en cualquier islote de Nueva Zelanda o a rezumar el tiempo pintando murales en cualquier ignorada cueva de Tanzania. Si nada de esto funciona, será sin duda a causa de la soledad: entonces, sin pérdida de tiempo, antes de que se vuelva gris y se deshaga en lluvia o llanto, prométale amaestrar otra nube que pueda hacerle compañía.